La cinefilia, tal como la conocíamos, parece estar en retirada. Ir al cine para descubrir una propuesta arriesgada, dejarse sacudir por su forma o su discurso y salir a debatirla se ha convertido en una costumbre de otro siglo. Hoy se va a la sala a tomarse selfies, a dormir con sonido envolvente o a certificar una opinión que las redes ya decidieron.
La recepción de Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, resulta sintomática de ese fenómeno. Antes de su estreno ya había sido declarada un desastre, y buena parte del público llegó a las salas dispuesto a comprobarlo. El sesgo de confirmación funciona como una crítica escrita de antemano.
Iñárritu continúa aquí la ambición experimental que recorre toda su filmografía. Digger está mucho más cerca de Birdman —su ganadora del Óscar— y de la infravalorada Bardo que de sus dramas corales. El artificio, la representación y la conciencia de estar construyendo un espectáculo atraviesan cada fotograma.
La película dialoga con el gigantismo narrativo de D.W. Griffith, los espacios deformantes de Orson Welles —cortesía del director de fotografía Emmanuel Lubezki— y la crueldad apocalíptica de Stanley Kubrick. La sombra de Dr. Strangelove planea sobre las reuniones de dirigentes delirantes que prefieren ignorar su propia extinción.
El protagonista, Digger Rockwell (Tom Cruise), es un magnate texano de los combustibles fósiles cuya explotación del Ártico libera metano, desprende una gigantesca plataforma de hielo y amenaza con una catástrofe mundial. Mientras millones de vidas corren peligro, su mayor preocupación es su gato enfermo, una criatura animatrónica a la que prodiga una ternura que nunca concede a los humanos.
Cruise se regodea en el papel, cubierto de prótesis y envuelto en pijamas de seda, y recuerda a su personaje de Tropic Thunder cruzado con un predicador sureño. La desmesura tiene una razón dramática: Iñárritu plantea el desastre climático como una farsa sobre la representación teatral entendida como catarsis y escapismo.
El mejor momento llega cuando Digger acusa a la comunidad internacional de condenar la industria petrolera mientras disfruta cada comodidad que ella produce. La escena evita el villano caricaturesco y señala la complicidad del consumidor, del político y de una sociedad que exige soluciones siempre que no alteren su estilo de vida.
Con todo, Digger tampoco alcanza la precisión cómica de Dr. Strangelove ni la fluidez formal de Birdman. Su insistencia puede resultar agotadora, y el maximalismo amenaza por momentos con sepultar la sátira. Pero sus defectos nacen de una voluntad genuina de experimentar.
Por eso vale la pena verla. Es una película arriesgada, diferente y pertinente, que recupera al Cruise de Magnolia y se atreve a discutir nuestra adicción a los combustibles fósiles sin concedernos la comodidad de sentirnos moralmente superiores. Puede irritar o cansar, pero todavía cree que el cine debe aventurarse fuera de lo previsible.
Editado por: Lu Hanover / Stars World Production


