Nueva miniserie de Netflix ‘Black Rabbit’: Jude Law y Jason Bateman juntos en un adictivo ‘thriller’

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En la nueva apuesta de la plataforma, que tiene guiños a ‘The Bear’ y ‘Ozark’, dos hermanos demuestran una habilidad para meterse en problemas.

Por una deuda de 140.000 dólares, Vince Friedken (Jason Bateman), un apostador un poco arrepentido de sus acciones del pasado, se ve involucrado con una singular y oscura organización delictiva que, para cobrárselos, parece dispuesta a todo en el distrito de Brooklyn, en Nueva York. Lo importante en Black Rabbit, la nueva miniserie de Netflix en la que Bateman comparte protagonismo con Jude Law, es todo lo que pasará a partir de esa deuda.

Guiños a otros éxitos

Por lo dicho en este último párrafo, Black Rabbit tiene algunos hilos que la unen con el éxito de Disney + The BearHay un restaurante, una cocina en la que un ejército de (dos) cocineros y (muchos) asistentes se apuran por servir platillos a tiempo; también se sirven tragos, se hace la compra, se diseñan ambiciosas cartas, se pelea por ‘estrellas’ y, claro, se planifican formas de ampliar el negocio. Aunque, tal como pasa en esa serie protagonizada por Jeremy Allen White, aquí también hay problemas financieros. Jake lo sabe mejor que nadie porque es él quien debe ‘abrir un hueco para tapar otro’ en un sinfín de jugadas que lo tienen con el estrés a tope, a él y a sus socios.

Haciendo a un lado el ámbito gastronómico, Black Rabbit también hace varios guiños a Ozarkaquel singularísimo éxito que Netflix emitió entre 2017 y 2022. No solo por la presencia de su protagonista, Jason Bateman (Marty Byrde en Ozark), sino por las manos que hay detrás y también por lo que se ve en pantalla.

En lo primero, a Bateman (actor y director) se le suman Laura Linney y Ben Semanoff como directores (dos episodios cada uno). Eso, indudablemente, imprime un tono especial que va mucho más allá de las animaciones góticas que aparecen al inicio de cada nuevo episodio, sino también porque esta nueva propuesta es casi en su totalidad lúgubre. Hay un sentido de urgencia latente, pero sobre todo se transmite la sensación de que siempre se puede estar peor.

En Ozark, los Byrde, una familia de clase media, terminan envueltos en una interminable red de lavado de dinero proveniente del narcotráfico. El cabeza de hogar, Marty, y su esposa Wendy (Laura Linney) nunca realmente parecieron disfrutar del poder del dinero oscuro que manejaban. Esa ansiedad saltaba a la pantalla y hacía preguntarse cómo era posible que alguien sumamente inofensivo y tantas veces amenazado como Marty –un simple analista financiero al inicio de todo– siguiera con vida en cada inicio de una nueva temporada.

Una serie con altos y bajos

Esa intensidad o agitación es muy similar en Black RabbitVince es amenazado de muerte por esos 140.000 dólares que no son ni siquiera el 5 % de lo que Bateman (Marty Byrde) movía en Ozark, pero que lo pone incluso más contra la pared. Peor aún, cuando en las amenazas se incluye a Jake, un hermano lo suficientemente altanero y cretino como para mandarlo al diablo, pero que, increíblemente, nunca lo hace.

La nueva miniserie creada por Zach Baylin y Kate Susman es, esencialmente, la historia del vínculo profundamente contradictorio entre dos hermanos bajo un escenario de alta presión y del riesgo de perderlo todo.

La producción de Netflix es también un magnífico ejemplo de cómo un producto puede tener (simultáneamente) altos y bajos muy bien definidos. Porque, aunque las interpretaciones de Law y Bateman son casi siempre superlativas, la trama que los sostiene sufre tropiezos innegables. No hablamos únicamente de su extensión (tal vez en seis episodios la historia habría encajado perfectamente), sino también de sus excesivos giros, los cuales, desde su segunda parte, terminan convirtiendo la serie en una propuesta menos realista de lo que se supone que es.

Así pues, en el grupo de fortalezas, Black Rabbit es notable si de vínculos sanguíneos hablamos. Todas las contradicciones que seamos capaces de imaginar dentro de una relación entre hermanos están presentes aquí. Porque Vince es un desgraciado que no hace más que meter en problemas a su hermano Jake, pero este en realidad se siente tan agradecido con él y lo respeta tanto que no hace más que perdonarlo una y otra vez. Perdonarlo y ayudarlo.

Bateman y Law resultan genuinos como un par de hermanos que primero se recitan un abecedario de insultos y, cinco minutos después, conversan sobre el futuro del bar, como si nada hubiera pasado.

A esta relación podríamos sumarle el añadido de personajes secundarios en ocasiones potentes. Amaka Okafor se luce como Roxie, una jefa de cocina que perdona una y otra vez a su socio Jake, hasta que un día se harta, lo traiciona y da los pasos necesarios para alcanzar la cúspide y brillar por sí sola. Esa transformación resulta convincente porque Okafor la hace posible. A su lado, el humilde pero leal Tony (Robin de Jesús) la acompaña incluso hasta poner su integridad en riesgo. Frente a ellos, ya del lado malo, hay unos villanos quizás unidimensionales, pero lo suficientemente perversos como para asustarnos a lo largo de 8 episodios.

Otros aspectos bastante notables en la nueva propuesta de Netflix tienen que ver con las locaciones, desde las imágenes del bar Black Rabbit (el comedor lleno de ambientes diversos, la cocina desordenada, la azotea, clave en el desenlace, etc.) y la gran cantidad de espacios externos que se usan para dar siempre una sensación de huida. Porque sí, Vince y Jake huyen permanentemente de algo que es mucho más grande que 140.000 dólares.

Finalmente, el aura musical de la miniserie no podría resumirse en un solo título. Desde el inicio, cuando Jake se lava el rostro al son de We’ve Been Had de The Walkmen, hasta los flashbacks del pasado con You Only Live Once de The Strokes, pasando incluso por la mención a la banda juvenil que los hermanos Friedken formaron antaño y que tocaba en azoteas con rejillas de metal.

A contramano con estos aciertos, Black Rabbit es una serie que apela a ratos en demasía a los saltos temporales, los cuales son, ciertamente, un recurso válido, pero como todo, terminan agotando. La miniserie creada por Baylin y Susman es del tipo que no le permite distraerse para tomar el celular y revisar sus mensajes un par de minutos. De pronto aparece en pantalla un recuerdo de los niños Friedken en su casa, con su padre moliendo a golpes a su madre, y el enfoque de (intento de) defensa de las mujeres a lo largo de la serie parece tener explicación.

A esta necesidad de ponerle atención, que no es mala per se, se le podría añadir, como se mencionó líneas arriba, una segunda parte con giros algo ilógicos o, en ocasiones, simplistas. Vince huye tantas veces de quienes lo persiguen que, en ocasiones, decide de forma absurda; pero luego de esto, todo prosigue como si nada.

Asimismo, aunque la trama oculta delitos y hasta crímenes, la noción de autoridad, representada por la detective Ellen Seung (Hettienne Park), es apenas perceptible. La oficial no está uno, sino varios pasos detrás en una serie que ni siquiera puede verse como de temática 100 % criminal, sino más bien como un drama humano protagonizado por dos hermanos adictos entre sí y el mundo que los rodea.

Por: El Comercio (Perú) – GDA
Fuente: eltiempo.com

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