Lioness: cómo Taylor Sheridan convierte el espionaje en un espejo moral

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Taylor Sheridan se consolidó como uno de los narradores más efectivos del thriller de acción contemporáneo. Lo demostró como guionista de Sicario y lo ratificó en la televisión con una obra tan prolífica que casi parece un servicio de streaming propio. Dentro de ese catálogo, Special Ops: Lioness —que desde su segunda temporada quedó simplemente como Lioness— se destaca como una de sus propuestas más tensas, ambiciosas y emocionalmente complejas, aun cuando no siempre logra equilibrar con la misma destreza su discurso político, sus dramas familiares y su imponente despliegue militar.

La serie parte del programa Lioness, una operación que emplea agentes femeninas para infiltrarse en el entorno de mujeres vinculadas a objetivos terroristas. Pero aquí la infiltración no depende solo del entrenamiento ni de la capacidad de mentir: exige construir vínculos reales con las personas a las que, en teoría, se debe utilizar. El cuerpo soporta golpes y jornadas extenuantes; la conciencia, en cambio, nunca termina de aprender a distinguir entre el afecto genuino y la manipulación.

La primera temporada encontró su centro en Cruz Manuelos (Laysla De Oliveira), una marine marcada por la violencia que descubre en el ejército una identidad y una familia. Reclutada por Joe McNamara (Zoe Saldaña), debe acercarse a Aaliyah Amrohi (Stephanie Nur), hija de un hombre vinculado al financiamiento del terrorismo. Lo que arranca como una operación de aproximación se transforma en una amistad íntima y, después, en un vínculo sentimental que amenaza con desdibujar la frontera entre la misión y la persona que debe cumplirla.

Joe representa el reverso de esa experiencia: recluta, entrena, presiona y, llegado el momento, sacrifica. Saldaña interpreta a una mujer que vive al borde del colapso sin permitirse caer, y convierte cada orden en un acto que también la lastima.

La segunda temporada amplía el campo de batalla. El secuestro de una congresista estadounidense lleva la operación hacia los carteles mexicanos y enreda narcotráfico, intereses chinos, operaciones iraníes y estrategias de desestabilización internacional. La incorporación de la piloto Josephina “Josie” Carrillo (Génesis Rodríguez), ligada por lazos de sangre al objetivo, cambia la naturaleza del conflicto: esta vez no hay que fabricar cercanía, sino usar la propia familia como arma.

La acción crece hasta rozar el tamaño de una película bélica. El equipo de reacción rápida —con Bobby (Jill Wagner), Tucker (LaMonica Garrett), Two Cups (James Jordan), Randy (Austin Hébert) y Tex (Jonah Wharton)— deja de ser un conjunto de soldados intercambiables y se convierte en un organismo cuya eficacia depende tanto del entrenamiento como de una lealtad forjada bajo el fuego.

Aun así, el incremento de la acción trae excesos. La serie abraza por momentos una fantasía de superioridad militar en la que un pequeño grupo estadounidense atraviesa ejércitos enemigos con la facilidad de un videojuego, y la acumulación de amenazas globales obliga a saltos geopolíticos demasiado veloces. Lioness conserva su potencia, pero a veces confunde complejidad con acumulación.

La tercera temporada vuelve a reordenar la arquitectura narrativa. Joe es secuestrada y la historia se parte en dos tiempos: mientras el equipo intenta encontrarla, otra línea reconstruye los hechos que llevaron a su captura. El recurso exige atención y puede confundir al comienzo, pero responde a una intención clara: mostrar la larga cadena de decisiones políticas, operaciones clandestinas y enemigos abandonados que hicieron posible el ataque.

Esa estructura permite que Kyle McManus (Thad Luckinbill) salga de los márgenes y asuma el liderazgo. Su brutalidad revela hasta dónde puede llegar una estructura secreta cuando pierde a quien mantenía unidas sus piezas. El rescate deja de ser una operación autorizada y se convierte en una deuda personal.

La serie se resiste a ser leída como simple propaganda. Filma a sus soldados como profesionales excepcionales y no oculta cierta fascinación por las armas y las operaciones lejos de la supervisión pública. Pero reducirla a una fantasía militar conservadora empobrece su lectura: también expone al poder estadounidense como una maquinaria hipócrita y voraz, dispuesta a destruir a sus propios servidores.

La diferencia entre quienes pelean y quienes deciden es esencial. Mientras Joe y su equipo sangran en el terreno, Kaitlyn Meade (Nicole Kidman), Byron Westfield (Michael Kelly) y el secretario de Estado Edwin Mullins (Morgan Freeman) convierten vidas humanas en variables estratégicas desde salas de juntas. Kidman dota a Kaitlyn de una serenidad glacial; Kelly vuelve fascinante a Byron desde el pragmatismo, y Freeman usa su autoridad para revelar el cansancio de un sistema que defiende decisiones que ya no puede justificar del todo.

La vida doméstica de Joe ofrece el contrapunto más doloroso. Neal (Dave Annable), cirujano y padre que sostiene la cotidianidad durante las ausencias, no es un personaje decorativo: su relación con Joe está hecha de amor, deseo, frustración y una desigualdad inevitable. Sus hijas crecen aprendiendo que amar a su madre significa convivir con la posibilidad de perderla.

Con tropiezos, explicaciones geopolíticas atropelladas y enemigos a veces funcionales, Lioness conserva una energía narrativa extraordinaria. Sheridan sabe cuándo prolongar una conversación, activar una traición y lanzar a sus personajes a una batalla que parece imposible de sobrevivir. Quienes busquen acción inteligente y las consecuencias psicológicas y políticas de apretar el gatillo encontrarán aquí una serie que entiende su precio. Por ahora, Lioness ya puede reclamar un lugar entre las grandes series de acción, no porque glorifique la guerra, sino porque sabe que incluso quienes regresan de ella jamás vuelven del todo a casa.

Editado por: Lu Hanover / Stars World Production

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